Cuentos para dormir: “El paraguas de Estíbaliz (parte 4)”

Nadie va a creer a la pequeña Estíbaliz cuando cuente que ha visitado el palacio del viento y que ha conocido al mismísimo rey del viento, que quería robarle su paraguas rojo. Pero el rey del viento, aunque puede conseguir todo lo que desea no es del todo feliz. ¿Qué le pasa a este rey?

Descúbrelo en la cuarta parte de “El paraguas de Estíbaliz“, un cuento escrito por María Bautista e ilustrado por Raquel Blázquez.

Los vientos del viento

Estíbaliz observó detenidamente el palacio del rey del viento y se maravilló de la belleza de sus formas, de la transparencia y delicadeza de sus paredes, de las increíbles vistas que se podían contemplar desde las ventanas redondeadas.

Luego miró todos aquellos objetos y comprendió que, de no haberse aferrado a su paraguas rojo, este sería ahora parte de aquella extraña colección.

¿Para que querría el rey del viento todas aquellas cosas? ¿y cómo era posible que aún teniéndolas tuviera aquella cara tan triste?

Como si hubiera leído sus pensamientos, el rey comenzó a hablar.

– La felicidad, querida amiga, no consiste en cuántas cosas tengamos, si no en con quién compartamos todas ellas. Yo no robé los sombreros ni los pañuelos para estar más elegante, ni me llevé las muñecas y los balones para jugar con ellos, ni arrastré a esta vaca a mi palacio para beber deliciosa leche. Todo esto lo traje para compartirlo con alguien especial. Pero mírame. Aquí estoy. Solo.

Estíbaliz se olvidó por un momento de su enfado y de su paraguas. Se olvidó de que aquel estrafalario rey la había arrancado del suelo y había tratado de robarle el maravilloso regalo de su hermana y tuvo ganas de abrazarle. De decirle que no se sintiera solo que ahora ella estaba en el palacio y que podrían jugar con los balones, ordeñar la vaca o vestirse con los fulares. Pero una vez más no hizo falta hablar.

– Pero ahora que estás aquí ya me siento menos solo – y al decirlo, su sonrisa, por un momento, dejó de ser la más triste del mundo. Luego, bajó la mirada avergonzado.- Siento haberte traído de una manera tan brusca, esa no es forma de tratar a una invitada, pero mis vientos a veces son así, un poco desapacibles e impulsivos.
– ¿Tus vientos? Es que acaso hay más de uno…
– ¿Estás de broma? ¿Qué clase de rey del viento sería si solo hubiera un viento sobre el que reinar? Hay muchos y muy distintos ¿Quieres conocerlos?

Y sin dejar tiempo a Estíbaliz para responder, aquel hombrecillo de rizos alborotados envolvió a la niña, y a su paraguas rojo, en su túnica plateada y ambos comenzaron a girar y a girar y a girar…

Cuando dejaron de dar vueltas, Estíbaliz contempló asombrada como la estancia real se había convertido en un pasillo larguísimo lleno de puertas (redondeadas) con extraños nombres escritos en letras doradas.
– Tra-mon-ta-na, Le-van-te, Le-be-che, Si-ro-co… -fue leyendo con dificultad Estíbaliz. – ¡Qué nombres tan raros!
– ¿Quieres saber qué viento te trajo hasta aquí?

Estíbaliz afirmó con la cabeza y el rey del viento la llevó hasta una de las esquinas de aquel largísimo pasillo.

– Es este. Si abres su puerta podrás saludarle. Te prometo que esta vez no te arrastrará por el cielo.
– ¿Ni tratará de quitarme el paraguas?
– Ni tratará de quitarte el paraguas, confía en mí.

La niña contó hasta tres y con todas sus fuerzas tiró del manillar de aquella puerta…

Cuentos para dormir: “El paraguas de Estíbaliz (parte 4)”
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