Cuentos para dormir: “El paraguas de Estíbaliz (parte 6)”

En el capítulo anterior dejamos al rey llorando desconsoladamente. ¿Qué tendrá este rey del viento para que esté tan triste? ¿Le podrá ayudar Estíbaliz?

En este capítulo descubriremos que en la vida ¡hay que modernizarse! Sí, sí, incluso si uno es un rey del viento de lo más antiguo. Los nuevos tiempos no perdonan y las nuevas tecnologías tampoco. ¿Llegarán al palacio del rey del viento?

Nuevas tecnologías

Después de un buen rato sin parar de llorar, el rey del viento se secó las lágrimas con un pañuelo lleno de espirales y miró con tristeza a Estibaliz:

– Tenéis razón, soy un rey horrible. Estaré siempre solo y la reina de la lluvia siempre me despreciará. Pero no puedo hacer nada: para no ser un rey horrible tendría que liberar a mis súbditos de su duro trabajo, y si hiciera eso los desmolinos no funcionarían y el mundo se quedaría sin viento.

Estíbaliz pensó por un momento lo qué sería el mundo sin el viento. Nada le despeinaría sus cabellos cuando fuera por la calle, ni le levantaría la falda. Además, como no habría viento que agitara el mar, este nunca estaría picado y siempre podría meterse en él sin peligro a ser arrastrada. Sin viento los árboles siempre tendrían hojas y en invierno no haría tanto frío. Quizá, eso de que el mundo no tuviera viento no era tan mala idea…

Pero una vez más el rey leyó su pensamiento y exclamó enfadado:

– Ni lo pienses, Estíbaliz. Sin viento el planeta no podría existir. ¿Quién llevaría las semillas de las plantas de una flor a otra? ¿Quién movería las nubes de ciudad en ciudad para que la lluvia llegara a todas ellas? ¿Quién ayudaría a los pájaros a volar por el cielo? Además el mar sería tan aburrido sin una triste ola…

Estíbaliz tuvo que reconocer que el rey tenía razón. El viento, aunque a veces nos pareciera algo inútil, era imprescindible para el mundo.

– Pero…¡tiene que haber alguna manera de arreglar esto! – afirmó la niña blandiendo su paraguas rojo con decisión. – No puedo creer que hoy en día no haya otra manera de conseguir que se muevan los desmolinos…

– Pues no la hay, y si la hay yo no la conozco.

– Y ¿cómo lo hace la reina de la lluvia?

– Creo que con algo que se llama electricidad. Al parecer utiliza motores para mover las contranubes.

– ¿Las contranubes? ¿Eso qué es?

– Pues lo contrario a las nubes: si las nubes producen lluvia, las contranubes producen algodón de azúcar que al separarse forma las nubes.

– ¿Por eso las nubes parecen algodón?

– ¡Claro! Si las pruebas antes de que lleguen al suelo saben dulces como el azúcar y son pegajosas.

– ¿En serio? – Estíbaliz pensó en su libro de conocimiento del medio y se preguntó cómo era posible que en él no se hablara de los desmolinos, ni de las contranubes, ni de cómo funcionaban las cosas en el cielo.

– Claro que hablo en serio. Soy un rey y la palabra del rey siempre es en serio. Antes las tormentas trabajaban para la reina de la lluvia haciendo formas con las nubes. ¡Eran unas verdaderas artistas! Pero el trabajo era muy duro y la reina decidió buscar otra manera de hacerlo. Así que ahora es una máquina quien convierte las contranubes en nubes de verdad.

– ¿Y por qué no pones una máquina en tus desmolinos?

– ¿Una máquina? ¿Con motor? Eso ¡ni hablar! A mí me gusta hacer las cosas a la manera tradicional… ¡Nada de nuevas tecnologías!

Estíbaliz miró con ternura al rey del viento. Le recordaba a su abuelo Manolo, que siempre estaba gruñendo contra las tecnologías, contra Internet, el móvil o los ordenadores. Por más que Estíbaliz trataba de explicarle lo maravilloso que era contar con todas aquellas cosas, el abuelo Manolo no quería saber absolutamente nada de aquello.

– Querido rey del viento… ¡es hora de modernizarse! Solo así conseguirás que tus súbditos no trabajen tanto y que la reina de la lluvia se fije en ti.

– ¿Tú crees?

– Claro que sí.

– Pero es que las tecnologías y yo no nos llevamos muy bien.

– No te preocupes – exclamó resuelta Estíbaliz – a mí se me dan fenomenal. Además, podemos pedirle ayuda a la reina de la lluvia. ¡Seguro que está encantada de echarnos una mano!

El rey no estaba muy convencido pero tanto insistió Estíbaliz, que ya sabemos lo testaruda que podía llegar a ser cuando quería algo, que al monarca no le quedó otro remedio que aceptar.

– Está bien, pequeña. Coge tu paraguas y acércate a mí. Llegaremos en un periquete.

Y de nuevo envolvió a la niña con su túnica plateada y ambos empezaron a girar y girar y girar…

Cuentos para dormir: “El paraguas de Estíbaliz (parte 6)”
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