Cuento a la vista en esta ocasión nos trae uno de sus cuentos inventados, en esta ocasión se trata de un cuento largo por capítulos.

La protagonista, en esta ocasión, es la niña Estíbaliz que vivirá una extraña aventura llena de viento, lluvia y mucha imaginación. El cuento comienza con un regalo: un paraguas. Aunque parezca insignificante, el paraguas de Estíbaliz le llevará a vivir la aventura más increíble y alocada que la pequeña hubiera imaginado jamás.

¿Queréis conocer a Estíbaliz y su paraguas rojo? 

Capítulo 1: El paraguas de Estíbaliz

De todos los regalos que Estíbaliz había recibido por su cumpleaños, el que más le había gustado era el de su hermana mayor. Era un paraguas.

– ¡Vaya tontería, un paraguas! – Le habían dicho sus amigas.

Pero para Estíbaliz aquel paraguas era especial. Primero porque era el primer regalo que le había hecho su hermana nunca. Cierto que le había regalado muchos libros antiguos que ella ya no leía, y que le había legado ropa y muñecos y hasta otro paraguas amarillo con globos que había usado durante todo el invierno pasado. Pero aquello no eran regalos como tal, sino préstamos, herencias, cosas, que, en cierta manera, no le pertenecían del todo. Pero aquel paraguas era el primer regalo de verdad, suyo propio y de nadie más, que había recibido de su hermana.

Además, aquel no era un paraguas infantil, no. Estíbaliz acababa de cumplir 9 años y era una edad importante: la última de una sola cifra. Así que aquel paraguas era de persona mayor, de esos que terminaban en punta y que los adultos te clavaban en los autobuses cuando querían pasar hasta el final. ,Además, era precioso, tan rojo y brillante, con aquel mango azul con forma de espiral.Estíbaliz estaba impaciente por estrenarlo. Pero aunque el otoño estaba a punto de llegar, el tiempo era tan cálido y seco como el peor día de verano.

– Mamá, ¿no puedo sacarlo aunque sea de sombrilla? – rogó Estíbaliz aquel lunes antes de ir al colegio.
Pero Mamá era difícil de convencer. ¿Qué iba a hacer la niña por la calle con un paraguas un día tan soleado?

– A ver – refunfuñaba enfadada Estíbaliz – ¿quién ha dicho que los paraguas solo sean para la lluvia?
– Pues la propia palabra, hija. Para aguas, no para sol, ni viento, ni nada. Solo agua.

Estíbaliz tuvo que reconocer que aquel era un razonamiento muy acertado. Así que no le quedó otro remedio que marcharse a clase sin su maravilloso paraguas.

Por suerte, un par de días después el tiempo cambió. El cielo se llenó de nubes grises y había tanta oscuridad que en vez de mañana, parecía tarde.

– ¿Lloverá hoy? ¿Lloverá, Mamá? ¿Puedo estrenar el paraguas?

No hizo falta seguir insistiendo. Antes de que Mamá contestara, había comenzado a caer un impresionante chaparrón. Así que Estíbaliz engulló lo más rápido posible su desayuno y salió a la calle dispuesta a estrenar su maravilloso paraguas. Pero en el cielo, el viento también se fijó en aquel paraguas y quiso tenerlo en su colección de objetos.

Tenéis que saber a qué me refiero. ¿Nunca os ha robado nada el viento? ¿No? Pues sois muy afortunados. Aunque seguro que alguna vez habéis visto como se llevaba más de un globo, o un pañuelo, o un sombrero, o papeles llenos de palabras bonitas. Al viento le encanta coleccionar cosas aunque para ello tenga que llevárselas sin pedir permiso a sus dueños.

Por eso cuando vio salir a Estíbaliz con aquel paraguas tan bonito, hizo todo lo posible por llevárselo. Tan fuerte sopló y sopló, que la pobre Estíbaliz apenas podía abrirlo.

– ¿Será posible? – exclamó enfadada, mientras se iba mojando inevitablemente.

Pero tanto se empeñó que al final lo consiguió. Su paraguas de colores era un punto de luz en aquella mañana tan oscura y gris, lo que aumentaron los deseos del viento de quedárselo. Así que comenzó a soplar más y más fuerte. Estíbaliz sintió cómo se le enredaba en el pelo, cómo intentaba colarse por debajo de su vestido y lo que era peor de todo: cómo trataba de arrancarle el paraguas de las manos.

– Eso sí que no, viento. Alborótame el pelo y levántame la falda, pero el paraguas es mío y no te lo vas a llevar…

Pero Estíbaliz no conocía lo insistente que podía ser el viento cuando deseaba algo. Claro que el viento, tampoco sabía lo cabezota que podía ser ella. De esta forma, viento y niña se enzarzaron en una pequeña batalla en la que el paraguas era el que tenía todas las que perder.

– Deja de tirar – gritó cada vez más furiosa Estíbaliz – si seguimos así solo conseguiremos romperlo.

Pues déjame que me lo lleve, escuchó la niña susurrar a ese viento caprichoso entre las hojas de los árboles.

– De eso, ni hablar. Si quieres llevarte el paraguas, tendrás que llevarme también a mí – le desafío Estíbaliz.

Dicho y hecho. Nada más pronunciar aquellas palabras, Estíbaliz sintió como sus piernas se levantaban del suelo.

– Ante todo, no sueltes nunca el paraguas – se dijo asustada.

Y arrastrados por el viento, paraguas y niña desaparecieron entre las nubes grises…

Capítulo 2: Más allá de las nubes

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Si las personas tuviéramos un poco más de tiempo para hacer las cosas, si no fuéramos siempre corriendo a todas partes, prestaríamos un poco más de atención a lo que ocurre a nuestro alrededor.

Pero como todos, especialmente las personas mayores, siempre van de un lado para otro con la lengua fuera, no se dan cuenta de la cantidad de cosas extraordinarias que ocurren cada día muy cerca de nosotros.

Así pasó aquella mañana otoñal. Una niña con un paraguas rojo estaba siendo arrastrada por el viento a quién sabe dónde. ¡¡¡Una niña que volaba con un paraguas rojo!!! ¿Acaso puede haber algo más increíble? Aquello era digno, cuando menos, de aparecer en las noticias con grandes titulares:

“Viento caprichoso arrastra niña y paraguas hacia el cielo”

o algo todavía más espectacular:

“Una niña sobrevuela la ciudad con un simple paraguas”

Pero como la gente se pasa el día caminando con los ojos puestos en el suelo, en vez de mirar de vez en cuando al cielo, nadie se dio cuenta de que el viento se estaba llevando a la pobre Estíbaliz y a su maravilloso paraguas hasta un lugar más allá de las nubes. Eso a pesar de los gritos de Estíbaliz, que no dejó de increpar al malvado viento durante todo el viaje:

– ¡Maldito viento caprichoso! ¿Se puede saber a dónde nos llevas? ¡¡Suéltanos ahora mismo!!

Pero el viento no estaba dispuesto a renunciar a su paraguas, aunque para eso tuviera que aguantar los gritos de aquella niña tozuda y chillona que no paraba de patalear y patalear.

Cuando llevaban un tiempo volando, Estíbaliz, cansada de rogarle al viento que la devolviera a tierra firme, dejó de gritar y, sin dejar de apretar con fuerza el mango en espiral de su maravilloso paraguas, comenzó a observar el paisaje que le rodeaba. Hacía tiempo que su ciudad, con sus altos edificios, sus árboles y sus coches, se había convertido en un pequeño punto que apenas podía distinguirse del resto.

A dónde nos llevará este viento tozudo y tramposo, se preguntaba Estíbaliz mientras sentía como una humedad muy densa y cargada le obligaba a cerrar los ojos: estaban atravesando los nubarrones grises. Poco después, Estibaliz sintió calor y volvió a abrirlos. El cielo gris se había convertido en un firmamento azul intenso donde el sol brillaba con todo su esplendor.

– ¿Cómo es posible que hayan desaparecido todas las nubes? Debemos estar muy lejos de casa – susurró asustada Estibaliz, y de nuevo sintió ganas de gritar y patalear para ver si el viento la soltaba de una vez.

Pero no tuvo tiempo de hacerlo porque de repente el viento dejó de soplar y Estíbaliz y su paraguas se quedaron flotando en medio de aquel cielo azul.

– ¿Qué demonios está pasando? – exclamó la niña, siempre agarrada a su paraguas rojo.

Por más que miraba y miraba, Estíbaliz no era capaz de adivinar que había bajo sus pies que le impedía caer al suelo.

– ¿Sobre qué estoy apoyada?

– Sobre uno de los peldaños de las escaleras que lleva a mi palacio – afirmó una voz grave y potente.

– ¿Al palacio de quién?

– Al mío, ¿no acabo de decirlo?

– ¿Y quién eres tú?– preguntó irritada Estíbaliz.

– ¡Vaya con la niña del paraguas! Nos ha salido preguntona. Primero sube las escaleras y entra en mi palacio. Después ya veremos si respondo a tus preguntas…

Estíbaliz comprendió que no podía hacer otra cosa que obedecer, y trató de encontrar aquella escalera misteriosa de la que le hablaba la voz.

– Ahora lo entiendo. Es una escalera transparente, por eso parece invisible, pero si te fijas bien…

Y con la punta de su paraguas fue descubriendo el borde de cada escalón, subiendo paso a paso una escalinata que parecía no terminarse nunca…

Capítulo 3: Un palacio extraño

¿Habéis visto alguna vez un lugar donde nada, absolutamente nada, es recto? La extraña estancia a la que llegó Estíbaliz con su paraguas después de subir por las escaleras transparentes era exactamente así: redondeada. Redondeada y vacía, porque allí, a excepción de una larga pared azul oscura (y redondeada) con ventanas de color azul claro (y redondeadas) no había nada.

– ¡Qué lugar más extraño! – exclamó sorprendida la niña.

De repente, en el centro de la habitación aparecieron dos butacas doradas que contrastaban con el intenso azul de la habitación. Una era grande y majestuosa. La otra, justo en frente, era mucho más pequeña.

– Acércate – dijo la voz potente que la había guiado hasta ahí.

– ¿Acercarme a dónde? No soy capaz de verte, ¿dónde estás?

En ese momento un fuerte viento inundó toda la estancia. Estíbaliz pensó por un momento que iba a volver a salir volando, y se agarró con fuerza a su paraguas rojo. Pero aquel viento solo alborotó su pelo y se le enredó entre los dedos de la mano que tenía libre.

– Ven, siéntate en la butaca. Si no, no podrás verme.

Estibaliz, tirada por aquella mano invisible, caminó hacia la pequeña silla dorada. Nada más sentarse, todas las líneas curvas de la estancia comenzaron a moverse como si se tratara de un remolino. Aquello era la cosa más increíble que había visto en la vida.

En la habitación, que antes estaba vacía, comenzaron a aparecer los más variopintos objetos: pañuelos, paraguas, globos de colores, sombreros, papeles, balones, muñecos, hasta una vaca con cencerro y cara de despistada. Pero lo más sorprendente de todo, era que en la enorme butaca dorada, frente a Estíbaliz, había aparecido un delgado hombrecillo con pelo blanco y alborotado, una preciosa túnica plateada y la sonrisa más triste del mundo.

– Pero, pero… ¿cómo has hecho aparecer todas estas cosas? ¿Quién eres tú?

Aquel señor, se atusó con sus largos dedos su espesa cabellera blanca y volvió a sonreír con nostalgia.

– Soy el rey del viento – exclamó con su voz potente -. Bienvenida a mi palacio.

Capítulo 4: Los vientos del viento

Estíbaliz observó detenidamente el palacio del rey del viento y se maravilló de la belleza de sus formas, de la transparencia y delicadeza de sus paredes, de las increíbles vistas que se podían contemplar desde las ventanas redondeadas.

Luego miró todos aquellos objetos y comprendió que, de no haberse aferrado a su paraguas rojo, este sería ahora parte de aquella extraña colección.

¿Para que querría el rey del viento todas aquellas cosas? ¿y cómo era posible que aún teniéndolas tuviera aquella cara tan triste?

Como si hubiera leído sus pensamientos, el rey comenzó a hablar.

– La felicidad, querida amiga, no consiste en cuántas cosas tengamos, si no en con quién compartamos todas ellas. Yo no robé los sombreros ni los pañuelos para estar más elegante, ni me llevé las muñecas y los balones para jugar con ellos, ni arrastré a esta vaca a mi palacio para beber deliciosa leche. Todo esto lo traje para compartirlo con alguien especial. Pero mírame. Aquí estoy. Solo.

Estíbaliz se olvidó por un momento de su enfado y de su paraguas. Se olvidó de que aquel estrafalario rey la había arrancado del suelo y había tratado de robarle el maravilloso regalo de su hermana y tuvo ganas de abrazarle. De decirle que no se sintiera solo que ahora ella estaba en el palacio y que podrían jugar con los balones, ordeñar la vaca o vestirse con los fulares. Pero una vez más no hizo falta hablar.

– Pero ahora que estás aquí ya me siento menos solo – y al decirlo, su sonrisa, por un momento, dejó de ser la más triste del mundo. Luego, bajó la mirada avergonzado.- Siento haberte traído de una manera tan brusca, esa no es forma de tratar a una invitada, pero mis vientos a veces son así, un poco desapacibles e impulsivos.
– ¿Tus vientos? Es que acaso hay más de uno…
– ¿Estás de broma? ¿Qué clase de rey del viento sería si solo hubiera un viento sobre el que reinar? Hay muchos y muy distintos ¿Quieres conocerlos?

Y sin dejar tiempo a Estíbaliz para responder, aquel hombrecillo de rizos alborotados envolvió a la niña, y a su paraguas rojo, en su túnica plateada y ambos comenzaron a girar y a girar y a girar…

Cuando dejaron de dar vueltas, Estíbaliz contempló asombrada como la estancia real se había convertido en un pasillo larguísimo lleno de puertas (redondeadas) con extraños nombres escritos en letras doradas.
– Tra-mon-ta-na, Le-van-te, Le-be-che, Si-ro-co… -fue leyendo con dificultad Estíbaliz. – ¡Qué nombres tan raros!
– ¿Quieres saber qué viento te trajo hasta aquí?

Estíbaliz afirmó con la cabeza y el rey del viento la llevó hasta una de las esquinas de aquel largísimo pasillo.

– Es este. Si abres su puerta podrás saludarle. Te prometo que esta vez no te arrastrará por el cielo.
– ¿Ni tratará de quitarme el paraguas?
– Ni tratará de quitarte el paraguas, confía en mí.

La niña contó hasta tres y con todas sus fuerzas tiró del manillar de aquella puerta…

Capítulo 5: Los desmolinos

Estíbaliz esperó impaciente a que por aquella puerta saliera el fuerte viento que la había arrastrado hasta ahí pero lo que se asomó fue un señor de bigotes retorcidos en forma de espiral y aspecto de cansancio que miró con resignación hacia el rey del viento.

– ¿Dónde quiere que lleve ahora mi viento mistral, excelentísimo rey del viento?
– No quiero que lo lleves a ningún lado. Solo quiero presentarte a Estíbaliz, la niña que nos llevamos esta mañana junto con su paraguas rojo.

El viento mistral suspiró aliviado y sin ningún interés apretó la mano de Estíbaliz y susurró un suave “Bienvenida”. La niña se quedó pensativa un rato: ¿cómo era posible que aquel personaje debilucho tuviera algo que ver con el fuerte viento que le había arrastrado? Una vez más, el rey del viento leyó su pensamiento:

– ¿Quieres que te muestre cómo lo hacemos? Para eso tengo que enseñarte la joya más apreciada de mi corona, lo más importante de mi reinado: el lugar donde nacen los vientos, el desmolino.
-¿El desmolino? – Estíbaliz jamás había oído hablar de algo así.- ¿Qué es eso?
– El desmolino es exactamente lo contrario a un molino. Es decir, si un molino necesita el viento para moverse, un desmolino consigue mover al viento, es decir, lo crea.

– ¿Pero cómo se mueven las aspas de un molino si no hay viento? – Estíbaliz seguía sin entender…
– Lo mejor es que lo veas… – exclamó solemne el rey del viento y llevó a la niña hasta una enorme sala llena de “desmolinos”.

Los desmolinos eran exactamente igual que los molinos de viento, pero junto a ellos había una cinta de correr parecida a las que Estíbaliz había visto en algún gimnasio.

– Viento Mistral, ¡haznos una demostración! – exclamó con autoridad el rey.

El viento mistral arrastró sus pies hasta el desmolino y comenzó a correr. Al momento las aspas del molino comenzaron a girar y girar, produciendo un viento fuerte y húmedo en el que Estíbaliz reconoció a aquel que le había arrastrado hasta allí.

– Y el pobre Viento Mistral, ¿tiene que correr y correr durante horas? Pero ¡eso es horrible! – exclamó sorprendida la niña – Ahora entiendo su cara de cansancio…

Al escuchar aquello, el rey del viento frunció el ceño y con voz enfadada exclamó:

– Otra igual, la reina de la lluvia siempre me decía lo mismo…qué pesadas…
– ¿La reina de la lluvia?
– Sí, la reina más inteligente, alegre y divertida que hayas conocido nunca. La reina más maravillosa del mundo. Y la más inaccesible también. No quiere saber nada de mí. Da igual los regalos que le haga, los pañuelos que robe a la gente, los globos de helio que le traiga, hasta la vaca que siempre da leche ha rechazado. O qué te crees, ¿qué me gusta robarle cosas a la gente? ¡No! Pero lo hago por ella…

¡Así que era eso! Todos los objetos extraños del palacio, su paraguas…¡todos eran regalos que el rey del viento quería hacerle a la reina de la lluvia!
– Y ¿por qué ella no quiere saber nada de ti? Todos esos regalos me parecen bonitos, aunque sean robados…
– Pues sí, eso pienso yo también pero ella dice que soy un rey inhumano, que tengo explotados a mis súbditos, que lo que hago es ¡horrible!
– Es que es horrible…
– Horrible pero necesario, es la única manera de tener viento.
– ¿Seguro que es la única manera? ¿O es la más fácil para ti?

Al escuchar aquello, el rey, que parecía muy enfadado, se mesó pensativo su larguísima barba. Estíbaliz temió que de un momento a otro explotara de cólera y la mandara de vuelta a casa sin paraguas. Pero lo que no esperaba es que ocurriera exactamente lo que ocurrió…

El rey, después de permanecer en silencio casi un minuto, rompió a llorar desconsoladamente…

Capítulo 6: Nuevas tecnologías

Después de un buen rato sin parar de llorar, el rey del viento se secó las lágrimas con un pañuelo lleno de espirales y miró con tristeza a Estibaliz:

– Tenéis razón, soy un rey horrible. Estaré siempre solo y la reina de la lluvia siempre me despreciará. Pero no puedo hacer nada: para no ser un rey horrible tendría que liberar a mis súbditos de su duro trabajo, y si hiciera eso los desmolinos no funcionarían y el mundo se quedaría sin viento.

Estíbaliz pensó por un momento lo qué sería el mundo sin el viento. Nada le despeinaría sus cabellos cuando fuera por la calle, ni le levantaría la falda. Además, como no habría viento que agitara el mar, este nunca estaría picado y siempre podría meterse en él sin peligro a ser arrastrada. Sin viento los árboles siempre tendrían hojas y en invierno no haría tanto frío. Quizá, eso de que el mundo no tuviera viento no era tan mala idea…

Pero una vez más el rey leyó su pensamiento y exclamó enfadado:

– Ni lo pienses, Estíbaliz. Sin viento el planeta no podría existir. ¿Quién llevaría las semillas de las plantas de una flor a otra? ¿Quién movería las nubes de ciudad en ciudad para que la lluvia llegara a todas ellas? ¿Quién ayudaría a los pájaros a volar por el cielo? Además el mar sería tan aburrido sin una triste ola…

Estíbaliz tuvo que reconocer que el rey tenía razón. El viento, aunque a veces nos pareciera algo inútil, era imprescindible para el mundo.

– Pero…¡tiene que haber alguna manera de arreglar esto! – afirmó la niña blandiendo su paraguas rojo con decisión. – No puedo creer que hoy en día no haya otra manera de conseguir que se muevan los desmolinos…

– Pues no la hay, y si la hay yo no la conozco.

– Y ¿cómo lo hace la reina de la lluvia?

– Creo que con algo que se llama electricidad. Al parecer utiliza motores para mover las contranubes.

– ¿Las contranubes? ¿Eso qué es?

– Pues lo contrario a las nubes: si las nubes producen lluvia, las contranubes producen algodón de azúcar que al separarse forma las nubes.

– ¿Por eso las nubes parecen algodón?

– ¡Claro! Si las pruebas antes de que lleguen al suelo saben dulces como el azúcar y son pegajosas.

– ¿En serio? – Estíbaliz pensó en su libro de conocimiento del medio y se preguntó cómo era posible que en él no se hablara de los desmolinos, ni de las contranubes, ni de cómo funcionaban las cosas en el cielo.

– Claro que hablo en serio. Soy un rey y la palabra del rey siempre es en serio. Antes las tormentas trabajaban para la reina de la lluvia haciendo formas con las nubes. ¡Eran unas verdaderas artistas! Pero el trabajo era muy duro y la reina decidió buscar otra manera de hacerlo. Así que ahora es una máquina quien convierte las contranubes en nubes de verdad.

– ¿Y por qué no pones una máquina en tus desmolinos?

– ¿Una máquina? ¿Con motor? Eso ¡ni hablar! A mí me gusta hacer las cosas a la manera tradicional… ¡Nada de nuevas tecnologías!

Estíbaliz miró con ternura al rey del viento. Le recordaba a su abuelo Manolo, que siempre estaba gruñendo contra las tecnologías, contra Internet, el móvil o los ordenadores. Por más que Estíbaliz trataba de explicarle lo maravilloso que era contar con todas aquellas cosas, el abuelo Manolo no quería saber absolutamente nada de aquello.

– Querido rey del viento… ¡es hora de modernizarse! Solo así conseguirás que tus súbditos no trabajen tanto y que la reina de la lluvia se fije en ti.

– ¿Tú crees?

– Claro que sí.

– Pero es que las tecnologías y yo no nos llevamos muy bien.

– No te preocupes – exclamó resuelta Estíbaliz – a mí se me dan fenomenal. Además, podemos pedirle ayuda a la reina de la lluvia. ¡Seguro que está encantada de echarnos una mano!

El rey no estaba muy convencido pero tanto insistió Estíbaliz, que ya sabemos lo testaruda que podía llegar a ser cuando quería algo, que al monarca no le quedó otro remedio que aceptar.

– Está bien, pequeña. Coge tu paraguas y acércate a mí. Llegaremos en un periquete.

Y de nuevo envolvió a la niña con su túnica plateada y ambos empezaron a girar y girar y girar…

Capítulo 7: Estíbaliz vuelve a casa

Estíbaliz, ligeramente mareada con tanto giro, abrió despacio los ojos. El palacio de la reina de la lluvia era gris, húmedo y brillante. Como en el del viento, ni una sola línea recta podía verse. Pero el lugar estaba vacío.

– ¿Dónde está la reina? – preguntó Estíbaliz con curiosidad.
– ¿Quién me llama? – sonó una voz aterciopelada y dulce que no acompañaba a ningún cuerpo.
– Soy el rey del viento – dijo este con tono compungido – y antes de que empieces como siempre a enfadarte y gritar, te diré que traigo una invitada, así que, por favor, sé cortés.
– ¿Una invitada? – y al decirlo, la reina de la lluvia se hizo presente.

Se trataba de una mujer de edad indefinida, que en vez de pelo tenía nubes, de las que iba cayendo agua. A su paso, la reina de la lluvia no dejaba huellas, solo un charquito de agua que la acompañaba por toda la estancia.

– ¿Quién eres tú?

Estíbaliz le contó toda su aventura y cómo había llegado hasta el palacio del viento. También como éste le había enseñado los desmolinos y lo horrible que le habían parecido.

– Así que por eso estamos aquí. Necesitamos tu ayuda para poner motores en los desmolinos.

La reina de la lluvia, ligeramente sorprendida se giró hacia el rey del viento:
– No me lo creo – y volviéndose hacia Estíbaliz exclamó – ¿Sabes, pequeña niña, la de veces que he intentado convencerlo? El rey del viento no cambiará nunca. Es orgulloso y todo debe hacerse a su manera. Si la idea no se le ocurre a él no es una buena idea. Por eso rechazó el tema de los motores: ¡se me había ocurrido a mí! Jamás dejará que nadie ¡y menos una mujer! le diga lo que tiene que hacer.

Estíbaliz miró al viento y le entraron ganas de darle una colleja con su paraguas de colores. Así que el problema era ese…

– Osea que eres un machista, rey del viento. Eso no me lo habías dicho – exclamó enfada la niña.

El rey del viento, viendo que tenía todas las de perder ante aquellas dos tozudas mujercitas, agachó la cabeza y en apenas un susurro explicó:

– Sí, sí, lo soy, pero ya no quiero serlo más. Me siento solo y triste desde que estamos enfadados. Pero además he tenido mucho tiempo para pensar y ya no creo que mis ideas sean las mejores. Por fin me he dado cuenta de que era mi orgullo lo que me impedía reconocer que tu idea de los motores en las contranubes es estupenda.
– ¿Lo dices en serio?
– Claro, y necesito tu ayuda para hacer lo mismo con mis desmolinos. ¿Me ayudarás?
– ¡Por supuesto! ¿Sabes el tiempo que he estado esperando este momento?

Estíbaliz se quedó mirándoles durante un instante: ¡hay que ver lo que le gustaba a los mayores hacer las cosas complicadas! Con lo fácil que habría sido instalar desde el principio los motores en los desmolinos. Así los pobres vientos no habrían tenido que sufrir tanto en su trabajo, el rey no habría estado solo y ella… ¡ella no habría estado a punto de perder su paraguas!

Y hablando de su paraguas y de toda su aventura ¿cómo volvería a casa? El rey y la reina estaban tan ocupados hablando de motores, fórmulas físicas, electricidad y aspectos meteorológicos que se habían olvidado de ella.

– Amigos, perdonad que os interrumpa pero ¡quiero volver a mi casa!
– Pequeña Estíbaliz, ¡ahora mismo nos ocupamos de ti! –exclamó avergonzado el rey del viento.
– Claro, ¿cómo quieres volver a casa? ¿con un viento o a través de una nube?

¿A través de una nube? Eso podía ser divertido, al fin y al cabo lo del viento ya lo había probado y a la valiente Estíbaliz le encantaba descubrir cosas nuevas.

– Pues no se hable más, ¡en una nube!

Y una almidonada nube gris se acercó hacia donde estaba la pequeña, dispuesta a llevarla de vuelta a su casa. Había llegado el momento de la despedida. Estíbaliz se abrazó al rey del viento (un abrazo ventoso que la dejó bastante despeinada)

– ¡Prométeme que no volverás a robar paraguas!
– Haré lo que pueda, pequeña, pero los vientos, ya sabes, a veces…
– Bueno, pues prométeme que no volverás a ser presuntuoso y aceptarás las buenas ideas, vengan de quien vengan.
– De eso estate segura. He aprendido una gran lección. Gracias por abrirme los ojos.

Estíbaliz abrazó también a la reina de la lluvia (un abrazo acuoso que la dejó bastante mojada) y se metió de lleno en la nube que la esperaba.

El viaje de vuelta fue ¡extraño! No podía ver nada, solo sentía agua en los ojos y aunque intentó abrir su paraguas para evitar que la lluvia la empapara, no lo consiguió. Sin embargo, cuando cayó al suelo, en el punto exacto en que se la había llevado el viento, estaba totalmente seca aunque seguía lloviendo tan fuerte como cuando comenzó aquella aventura.

– Nadie va a creer lo que me ha pasado – exclamó sin parar de reír.

Y diciendo aquello abrió su maravilloso paraguas rojo y continuó caminando bajo la lluvia rumbo al colegio.